12 Nov, 2013

Defiende lo tuyo, valora tu trabajo.

– «Suéltalo», me decía el más bajito de los tres.

– «No quiero», dije lo más sereno posible, mientras sujetaba «el plumas» con las dos manos.

– «Clávasela pero bien», ordenó al que me amenazaba con la navaja.

No sé como lo hice.

Le pude agarrar la mano mientras me apartaba del filo de su arma.

Con ese movimiento de defensa, tuve que soltar la prenda para poder salvar mi integridad. Así, a la carrera y en un instante, desaparecieron con su botín.

No me lo podía creer, atravesaba el Parque del Oeste todos los días para ir al colegio. Tomaba todas las precauciones necesarias para que no me pudiera pasar nada. Pero me habían cogido por sorpresa, por la espalda, navaja en mano, pegada a mi costado derecho. No resulté físicamente herido, gracias a Dios y al instinto de supervivencia, supongo. Psicológicamente, me mantuvo fastidiado una larga temporada.

¿Cuántas veces hemos estado entre «la espada y la pared» en nuestra profesión?

Podemos referirnos a varios tipos de situaciones, por ejemplo, tenemos en mente a ese cliente que no para de pedir, más, y más, y mucho más. Y no se cansa. Y a la hora de facturar el trabajo es todo problemas para definir qué se cobra y que no. Lo mismo nos sucederá dentro de una empresa donde un jefe, mando o superior, puede exigirnos constantemente sin que veamos recompensado nuestros esfuerzos. O lo que es peor, tener compañeros de trabajo, colaboradores o proveedores que llegan a abusar de nuestra confianza al pedirnos cosas que no nos competen y que deberían hacer ellos.

En todos los casos, acabamos cediendo por el bien del trabajo, la relación profesional o el futuro de la empresa. Y por muy preparados que vayamos para que esto no suceda, en muy poco tiempo volvemos a repetir. Aunque más tarde o más temprano algo se romperá o explotará por algún lado. Como consecuencia se pierde la confianza, la relación se enfría, se estropea, hasta que, finalmente, se abandona. Es imposible trabajar con quien no acaba siendo de tu agrado, aunque sea el cliente ideal o la empresa soñada o el compañero que en un principio pensabas que era. Y esto acaba afectando a los resultados del trabajo y de la empresa.

¿Qué ha pasado?

Quizá hayamos querido agradar en exceso al cliente y hemos dado mucho más de lo que nos piden, tomándolo como algo habitual y normal de tu oferta profesional. Quizá deberíamos dejar una constancia por escrito, mediante un contrato o convenio, antes de empezar una relación profesional, lo que incluyen los servicios ofertados. Quizá en la empresa en la que trabajamos deberían hacer un seguimiento mayor de las competencias de cada persona que la integra para saber qué es lo que realmente deben hacer o no y controlar que realmente lo hagan acorde a los procedimientos marcados. Quizá hemos pecado de querer ser los mejores compañeros, y, así no lo somos.

En el mundo profesional y empresarial, tristemente, dadas las circunstancias en las que vivimos, lo que más se mira hoy en día es el coste, no nos engañemos. Al ofertar, seguimos pensando que debemos ser generosos pero sin llegar a la obsesión por agradar. A la hora de presupuestar y valorar un trabajo, siempre hemos pensado que más vale hacer veinte trabajos de diez que uno sólo de treinta. A veces, aunque no estén los tiempos para decir que no a nada, hay que pararse a recapacitar, valorar a medio y largo plazo la posible relación profesional, lo que realmente queremos, lo que realmente necesitamos, lo que realmente podemos dar. Aunque nunca dejaremos de pensar que dando algo más, un valor añadido, la relación inicial es más probable que se convierta en duradera.

El cortoplacismo es nuestro peor enemigo.

El no valorar lo que tenemos, también lo es.

En un momento dado, es mejor soltar algo material para poder salvar cosas mas importantes de cara al futuro. Es mejor romper una relación dañina a continuar haciendo el agujero más grande. Por mucho que duela. Si un cliente, un jefe o un compañero no valora nuestro trabajo, nuestro esfuerzo o no nos respeta, es mejor dejarlo ir, soltar lastre y no estrellarnos con ellos.

Ese día los «chorizos» me dejaron sin abrigo pero perdieron su integridad. Sé que se estrellaron.

Y por favor, que no nos asalte la duda, la calidad no está reñida con la rentabilidad, sólo hay que saber gestionarla.

¿Lo valoramos?

Jorge Jiménez Suárez

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